jueves 24 de abril de 2008

Línea

Unió uno de sus extremos con el otro quedando dividida en dos partes iguales. Ya no tenía dos ojos sino cuatro, con un par en cada una de sus mitades que se miraban mutua y fijamente. Logrando observarse a sí misma decidió desaparecer ante la revelación de su nimiedad, de manera que juntó cada una de sus puntas y sus ojos no fueron cuatro sino dieciséis, repitiéndose su presencia y disminuyéndose el tamaño de cada una de sus réplicas.
Con la esperanza de que al repetir el mismo acto en varias ocasiones habría de evaporarse, continuó en su empresa. Su mirada se dispersó tanto que estuvo en los rincones más lejanos de aquella hoja blanca donde fue trazada. Pronto no fue más que una lluvia de puntos inescindibles y dispersos que se miraban como si estuvieran frente a un espejo. Entregada a su suerte maldijo a quien estableció que un punto no tenía partes, condenándola a la irreductible y eterna finitud.

lord felipe


Comentario: Esta entrada y la anterior fueron escritas paralelamente, sin que sus autores se pusiesen de acuerdo. Juzguen uds. los puntos de conexión entre ambos trabajos.

domingo 20 de abril de 2008

ahora soy palabras

Lo primero que desapareció fue mi cabeza. Estaba frente al espejo, a punto de peinarme, cuando se esfumó. Aún con el peine en la mano llamé al trabajo para comunicar mi contratiempo y solicitar un médico. Pero no pude porque apenas empezaba a digitar el número mi mano derecha se desvaneció. Como soy ambidiestro no me preocupé y descolgué el tubo y digité el número de la gerencia de recursos humanos. La gélida voz de la nueva secretaria del sector me entibió la sangre. Con placer sentí cómo cosquilleaba en mis partes desaparecidas. Le expliqué mi problema y solicité una visita médica. La mujer tomó los datos y sin que su voz se entibiara me deseó una pronta mejoría.
Cuando colgué advertí que mi pierna izquierda acaba de desaparecer. Probé entonces si su espectro servía aún para caminar, cosa que realicé al principio con dudas ya que en cuanto dejaba de sentir el fantasma de su materialidad, caía al piso. Lo mismo me sucedía con las manos, pero cuando logré reconfigurar y ejecutar la antigua sensación de tenerlas, incorporarme resultó un juego de niños.
De inmediato supuse que con mi cabeza sucedería lo mismo. Para probarlo fui hasta la cocina y me preparé un café bien negro. No hay nada mejor para activar la voluntad. Mis manos invisibles realizaron el trabajo a la perfección. Pero – las enfermedades son un concierto de peros – al inclinar el canto de la taza sobre la antigua sensación de mis labios, el café humeante se me derramó sobre el pecho. Por suerte pude usar la sintomatología a mi favor porque pensé que si me olvidaba del pecho, éste desaparecería de inmediato con su camisa hirviente.
Y así sucedió. Todo mi tronco se tornó cristalino hasta la cintura. No puedo negarlo: estaba maravillado. Corrí entonces hacia el placard, abrí la puerta y me enfrenté al espejo. De pronto tuve nauseas.
Allí estaba yo, entero, total, sin faltas. Mi cabeza, mis manos, mi pecho y mi pierna se reflejaban precisas, tal cual eran antes de perderse en la invisibilidad. Me tranquilicé al comprobar que mis partes volvían a desaparecer en cuanto las miraba sin el intermedio del espejo.
Horas después, cuando vino el médico, mi cuerpo había desaparecido por completo, debido a lo cual usé un espejo de mano para recibirlo. Después de dar un breve vistazo al reflejo oval, el muchacho juzgó que debía visitarme un psicólogo, justificándolo en el hecho de que no había sido formado para tratar con recuerdos y deseos.

lord henry

domingo 9 de diciembre de 2007

media tira de novela

tirá media novela

yo vivía en el bosque muy contento...no tenía lágrimas ni sueños. Me quedaba, eso sí, mi trabajo. Como todos los días, me preparaba para ir hacia allí, el vientre se me abultaba prodigioso, la cara en el espejo comenzaba a dibujar los rasgos de la insatisfacción, de su cuello colgaba una especie de rosario, que en vez de cruz tenía una plaquita en la que se leía: ...por qué lees vos?

Años atrás soñaba con robar un banco, ser un prodigio, un adagio...quizá no sea tan malo reunir a la gente el domingo para comer fideos.
El tren de las siete, el colectivo de la las ocho menos cuarto, el subterráneo de las ocho menos diez, cualquier lugar es bueno para pensar, estoy en el subterráneo de las ocho menos diez, me pregunto "¿por qué pensaba tanto antes?¿por qué tanto, tanto? y ¿por qué ya no? en esas preguntas estoy y... ¡uy! casi me paso de estación, veo la caras de todos los jóvenes pedantes que esperan en el bar de la facultad, en la puerta del aula, parece ser que ellos se crían y el profesorado de letras los junta. Están esperando una revelación ¿en literaura? no hay más hace rato. ¿Por qué siguen estudiando esta carrera? mientras atravieso los pasillos bicolor pienso "cuánto me gustaría prenderle fuego", " qué quieren demostrar" " quieren tener algún tipo de éxito"... doy clases los lunes, miércoles y viernes.
Antes de empezar hablando los miro en silencio, me parece que hay uno o dos bultos nuevos en los pupitres-buitres.
Antes de empezar, te digo, que ésto que sucedió, no es una historia de amor, aunque por un momento lo fue.
El tema era Baudelaire, aburridísimo. No, no... Baudelaire es un genio, es un poeta inalcanzable, pero mis holgazanes alumnos no lo iban a enteder, les gusta el fetiche, se contentan con llamarlo poeta maldito, con conocer dos o tres datos biográficos, al final resulta que hablar de Baudelaire termina por ser un par de referencias, incluso a la sífilis. Quería con toda el alma plantear un tema de discusión...decir que no se puede ser mejor que Baudelaire, como no se puede ser mejor que otros grandes poetas, pero se puede ser peor y además decir que en ese paradigma del juicio de lo que tiene o no valor poético podíamos prescindir de algunas cuantas palabras de mal gusto que no dicen nada, como por ejemplo: canon- ledesma y las opiniones de Arturo Rodríguez Benavidez, célebre entre los célebres, sobre todo por no haber terminado su tesis sobre Baudelaire de maldito que era.
-Profesor- resonó una voz de muchacho con sorna - Profesor ¿se fijó que hay una compañera nueva ? Lo noté. Bienvenida al curso de literatura europea, dije y sonreí. De pronto de entre unos labios perfectos brotó una luminosa hilera de dientes como el himalaya, con tanta tímida mueca sonrió esa muchacha, que es de quien te voy a hablar y que era, con perdón de todas las demás, la mujer más hermosa.
Aunque la historia, por cierto, no será lo que parece. Siéntate, bebe tu infusión. Es una historia corta :





Bruno Pedro Pablo (continúa)

martes 20 de noviembre de 2007

Seminario Filosófico

El hado tensa sus piernas, obligándolo a quedarse sentado a pesar de que quiera partir de una vez por todas y dejar el morral tirado sobre la silla. A usted nunca le interesó Heidegger ni su carta al humanismo, pero desde que escuchó el entusiasmo del Viejo Güevón (así bautizó al director del seminario junto a Luciano en un bar aledaño a la universidad), ufanándose de haber estudiado en Alemania, su apatía se tornó en repudio. El hado hala su estómago, lo revuelve, lo convierte en una cámara de gas. Debe esperar el final de la reunión como lo ha hecho desde la primera sesión tres semanas atrás. El viejo emite comentarios graciosos, resistiéndose a aceptar que la próstata le ha crecido tanto que orinar le resulta más incómodo que defecar en algún baño público; aunque claro, el gran conocedor del pensamiento alemán, nunca tuvo que acudir a ese tipo de lugares: siempre en compañía de expresidentes, de rectores y altas personalidades, es el eminente Filósofo Rey preocupado por los ignorantes acechados por la guerra, de los cuales es portavoz aunque sus gestos delaten el desdén que le suscitan. El Viejo Güevón vocifera los encuentros intelectuales que llevará a cabo en el aula máxima, adelanta parte de las agudas interpelaciones que le hará a los invitados, juzga hechos plasmados en el diario, hace alarde de su versatilidad, aclara que él no es un sistema de pensamiento porque sólo los grandes genios hacen grandes obras y él es un tipo normal, dice Cuando estuve con Jurgen Habermas en Frankfurt caminamos conversando sobre la ética discursiva. A usted el hado lo increpa con cavilaciones y arrepentimientos de su propia cobardía, a esa que lo condujo a inscribirse en la facultad de filosofía y letras porque temió quedarse en casa evocando todo lo que no ocurrió en su vida, y luego lo conmina a imaginar al Filósofo Rey con los pantalones abajo diciéndole a Jurgen Por favor tócame no aguanto un segundo más. Usted intenta sonreír, pero la carcajada es abortada al mirarla a ella, a la asistente del Viejo Güevón y más que a ella, a sus glándulas mamarias asomadas pálidamente por un tímido escote. La pobre sólo interviene cuando el Filósofo Rey se lo permite; ella habla con el mismo entusiasmo sin que eso obste para que el hado le haga sospechar a usted que está enamorado y que el Viejo Güevón intentó acostarse con ella y que si ella no accedió fue en virtud de que nadie en la institución universitaria le pierde la pista a su gran filósofo. El hado le dice a usted o usted al hado cómo ella terminó siendo la asistente de un filósofo cuando a fuerza de su entrepierna hubiera podido acceder a la gerencia de un banco; en el vasto campo del pensamiento sólo deben haber sujetos de la estofa del Viejo Güevón, o bizcos como una compañera que escucha y anota cada comentario, o con erupciones coloradas como las del tipo que levanta la mano tratando de rebatir al maestro esgrimiendo palabras que usted desconoce, o gordos como el par de estudiantes que cuchichean en una esquina y al terminar cada sesión se le acercan al viejo enseñándole algún libro costoso e ilegible. El viejo acaba de hablar. Mientras usted guarda el cuaderno en el morral, siente en el dorso de su mano el frío del revólver que el hado le ordenó tomar del escritorio de su papá. Lo saca rápidamente. El Viejo Guevón aún no sale, está rodeado de sus pupilos y usted, desde su sillón apunta hacia ella, que a un costado del filósofo rey, escucha con atención; usted le dice No es mi voluntad sino la del hado que me dijo que debiste ser gerente bancaria, y agrega que su labor es la de ser el vehículo del ajusticiamiento que se consuma un segundo después de terminar su explicación. El hado relaja a sus piernas, usted se incorpora, se dirige hacia el Viejo Güevón que mira a su asistente tendida en el suelo, le pega el cañón a la sien y sabiendo que el hado les adjudicó a los estudiantes de filosofía la disposición para la envidia, les indica con el revólver que salgan y grita Si quieren llamen a la policía. Usted abandona el aula tomando por el cuello al Filósofo Rey que ni siquiera sabe su nombre cuando le suplica que no le vaya a hacer nada, usted le replica No grite porque me pone nervioso. Frente a la entrada de la universidad todo el mundo los mira, sin que se atrevan a disuadirlo porque el más mínimo movimiento implicaría que los geniales sesos del viejo salgan despedidos junto a sus pensamientos. Luciano lo espera en el Renault 6 verde que le pidió a la tía. Usted lo tranquiliza, enfatizándole que no le incumplirá el trato que realizaron luego de acordar su aporte a la muerte de la filosofía. Se dirigen a la estación de policía donde todo se habrá de consumar según sus cálculos. Usted sabe que todos los agentes deben estar listos porque en la radio vieja del Renault ya se reporta el secuestro del eminente académico Oyos y la muerte de su asistente que habría de partir dos días después a Alemania a hacer un doctorado. Al frente de la estación, las camionetas atestadas de uniformados paran en seco cuando advierten el auto verde, Luciano le dice Máteme, él ya cumplió con su parte del trato, ahora usted debe cumplir la suya, lo mira a los ojos y le dispara en el entrecejo y la cabeza de Luciano ausente de Hegel, Platón y Descartes cae sobre el timón. Usted se baja del carro, utilizando al Viejo Güevón como escudo de protección y garantía para prolongar los últimos momentos, pero no cuenta con que el Filósofo Rey grite más alto que en las clases y lo pise tan fuerte que usted al sobrecogerse, lo deja escapar y cuando intenta dispararle a la espalda, nada distinto a un ruido corto que semeja el del interruptor de su mesa de noche sale del revólver. El Viejo Güevón corre, voltea la mirada, le dice que el hado ha dispuesto todo aquello y que él seguirá aprobando y reprobando tesis, organizando seminarios, encuentros y coloquios. Usted siente el piqueteo de un proyectil que se clava en su esternón precipitándolo al suelo sin liquidarlo, y mientras un par de lágrimas caen sobre el asfalto, el hado lo instiga a otear las rejas que surcarán sus días.
Andrés Felipe Escovar

sábado 10 de noviembre de 2007

primera parte (medio novela en tiras)

Debería contar toda la historia. Y te la voy a contar para que veas..."Acababa de instalarme en la más común de las vidas burguesas: mi trabajo por fin empezaba a dar todos sus preciosos frutos: una casa (modesta), un auto (modesto), un perro, dos gatos, cuatro árboles. Hola vecino, hola buen día. Y para me esposa: ese anillo.
Mi vida no hubiera sido posible sin mi esposa.
Nos conocimos en un bar, cuando éramos estudiantes. Ella estudiaba letras y yo también. Fue, debo confesar, un flechazo de Eros; apenas nos vimos el rechazo fue instantáneo. El flechazo parecía haber hecho blanco en lo blanco de los ojos. No mucho más tarde, recuerdo que ella era sumamente bohemia, la miré de otra manera y me derrumbé ante esos pantalones verdes que se apretaban en la cintura y dibujaban un culo perfecto. Por mi parte, a los veinticinco, aún conservaba viva alguna llama, menos sagrada y virtuosa, menos blanca y verde, menos carmesí. De lejos podías escuchar mi corazón repitiendo su nombre, que se dibujaba entre mis labios: Anabella. Sus primeras palabras fueron: "che, ese que está sentado con vos ¿tiene novia?" Afortunadamente a ese que estaba sentado conmigo no le interesaba Anabella y tampoco me tomé el trabajo de responderle a ella con la verdad "sí, tiene". Afortunadamente a muchos no les interesaba Anabella.
Durante nuestro primer año y medio vivimos una relación tormentosa. Ella era extemadamente sensual y cruel. Nos mentimos, nos torturamos y nos reímos; hicimos el amor en altas horas de la madrugada; despeinados de humo de cigarrillos, tirados en un suelo frío, entre almohadones polvorientos. El segundo año fue petrarquista. El tercero, se precipitó hacia el matrimonio, es decir, el fin del amor"

Y decime lector ¿por qué lees vos?

(continúa)

sábado 3 de noviembre de 2007

Ay luna mía

Ay luna mía


Pa' las del norte sí,

para las otras no,

para las tucumanas

mujer galana

naranjo en flor


yo conocí, si no a la más, se le acercaba mucho, más linda que te puedas imaginar ¿y qué pasó?, me vas a decir, me vas a decir que a vos...y sí aunque no me lo puedas creer sí...

domingo 28 de octubre de 2007

El canto de la angustia



“Tengo lo que llamaré la memoria topográfica de los libros, es decir, la página, o más o menos dónde se halla algo que necesito revisar.

Tengo otra memoria, ésta es muy personal, no la he hallado en otros, al menos tan vivaz como en mí: podría hacer columnas cerradas de vocablos y decir dónde los aprendí.”

“Lo que no puedo, hasta lo corto me cuesta un trabajo enorme y se me olvida con facilidad, es aprenderme a mí mismo de memoria (lo ajeno me cuesta menos); lo mío, estoy seguro de alterarlo, no en el fondo, en la forma. Improviso en cambio con facilidad. Pero he rehuido siempre hacerlo en momentos de duelo.”

Lucio V. Masilla, “Mis Memorias”

Muchas veces me he preguntado porqué quiero hacer literatura y una cantidad igual de veces mi esfuerzo por responder se ha desleído en una hipnótica impavidez. Ese proceso que va desde la pregunta hasta la mirada que ya no ve, sumida en un silencio implacable, está conformado por una serie de fases.

Por lo general, la fase inicial de mis reflexiones resulta ser histórica e introspectiva. Siempre empiezo recordando la primera vez que concebí un discurso literario, es escribir, busco en mi memoria ese instante inaugural en que me senté con la deliberada intención de hacer literatura. Supongo y doy por seguro que las motivaciones del momento podrían iluminarme el camino hacia una respuesta satisfactoria. Pero la memoria no es una facultad humana que me inspire demasiada confianza. Y no se trata de que yo sea desmemoriado. No. Porque mi memoria, sin ser deslumbrante, es bastante buena. He podido detectar y describir, por ejemplo, el primer recuerdo de mi vida y situarlo cuando tenía un año y once meses – el nacimiento de mi hermano. Y he podido, también, armar una serie de recuerdos hasta los doce años y cuatro meses, cuando sin papel ni bolígrafo – vaya paradoja: no escribí lo primero que escribí - imaginé un argumento para una novela y lo anuncié muy solemnemente a mis amiguitos.

Era la historia de un Down muy inteligente que se enamoraba de la niña más bella del club del barrio. El down tenía dos obsesiones. Una era jugar a las bochas y la otra consistía en pararse en la esquina de su casa y exhibir los genitales a los autos que pasaban. Cabe destacar el soberbio y comentado pene del muchacho y la solución que sus padres encontraron al asunto. Coserle la bragueta, debido a lo cual el down empezó a orinarse encima. Es decir, antes humillaba a los demás con sus atributos genitales y ahora se autohumillaba abandonado a la imposibilidad de manipular su atributo mayor - qué refinados esos padres que supieron zurcir semejante cambio de sentido.

Pero el down, como ya lo adelanté, era muy inteligente, mejor escrito: era un gran jugador de bochas. Campeón nacional en su categoría, la fama, como a todo famoso, le lustraba el porte y la preciosa niña, jugadora de pelota al cesto en el mismo club, posó las niñas de sus ojos en el down. Pero el down, que era, como ya consigné, inteligente, no dejaba de ser down y no se percataba de las niñas de la niña porque ella, obviamente, no era de la especie down como el down, cuya libido sólo parecía precipitarse con los autos.

No advertía, mi héroe entonces, los suspiros que despertaba ni el pundonor que encendía las mejillas de la pálida niña. Ahora, lánguido y enrarecido, se paraba en la misma esquina y realizaba una danza mínima, contenida. Un paso hacia delante con la pierna izquierda, un paso con la derecha hacia atrás; la mano izquierda en el sobaco derecho y los dedos de la derecha tamborileando sobre los gruesos labios que resoplaban aire y saliva.

Esta forma daba ahora a la pulsión que lo llevaba a blandir el pene con absoluta inocencia. Así, bailando y haciendo sonido de corneta con los labios, el entristecido down asumió la censura - costura - paterna.

Hasta que una tarde el amor fatal incluyó al down en su flechado sino. Puesto que el Dodge Polara en el que el padre de la niña llevábala al club, se detuvo en la esquina del down. Esquina en la que Vialidad había puesto un brusco semáforo cuya alternancia cromática parecía estimularlo mucho más que el incesante paso de los vehículos. Pero principalmente, lo que más parecía provocar a nuestro héroe, era la luz roja, la misma luz roja que detuvo al auto que envolvía a la niña, cuyas dilatadas niñas no lograban desasirse de la palpitante silueta del down que, rigurosamente desmandado, se desgarró las ropas apenas cambió la luz del semáforo, quedando desnudo y con una atendible erección expuesta.

El padre, al ver el miembro del down en el espejo retrovisor, pensó que ningún desajuste genético justificaba tamaña exhibición ante su hijita. En consecuencia se bajó del Polara e intentó golpear al down que, sin guardar su pene erguido, le propinó una impersonal tunda compuesta de tres o cuatro mandobles. La niña que, sin habérselo confesado ni siquiera a ella misma, odiaba a su padre, quedó deslumbrada por el down. Y aunque era muy niña y desconocía el rol que juegan los penes en la vida de una mujer, no dejó de ponderar las dimensiones del miembro. Pero no había deseo de pene en su mirar. Había sorpresa, la misma sorpresa que nos ocasiona el avistamiento de un animal desconocido. No había, en fin, lujuria. Había curiosidad. Había pasmo y atención, pero lo que esencialmente había, era agradecimiento. Es escribir, había amor, amor despojado de cualquier avidez carnal. Por eso las niñas de la niña destilaron un fluido tan vigoroso y tan excelso que apenas el down registró la mirada sublime, se tornó translúcido, adquiriendo las calidades de un espectro. A la niña, que se estaba preparando para la primera comunión, le pareció estar frente a un diáfano serafín. Y así, desnudo y como con alitas recién crecidas, el down, conciente al fin del inmenso amor del que era objeto, sufrió un suave y dichoso infarto que lo sembró sobre la vereda, desde donde su alma, segundos después, brotó hacia el cielo.

La niña, a partir de ese momento, quedó sumida en un autismo religioso que su familia interpretó como un síntoma de virtud. Minuciosa y recoleta – siempre identifiqué piedad y mudez -, la niña convirtió al down en su santo personal, al tiempo que crecía el odio hacia su padre. Muchas veces acarició la idea de envenenarlo, pero su madre le ganó de mano y le ahorró el escándalo y la prisión. Criada desde ese momento por su abuela, levantó un pequeño altar dentro del ropero de su habitación con una foto del down jugando a las bochas. Todas las noches encendía una velita de torta frente a la foto y elevaba una plegaria que ella misma había compuesto.

Años después, la niña ingresó a las Carmelitas Descalzas, donde fue poseída por el diablo y después de ser sometida a varias decenas de exorcismos infructuosos, sufrió un infarto fulminante que, según las monjas, se la llevó al infierno. Sus últimas palabras fueron: “Todavía te amo”.

En alusión a la anomalía cromosómica que ocasiona el síndrome de down, la novela se llamaría “Cuando algo falta. Historia de un Serafín”. Adrián y el flaco Berasain, los compañeritos barriales a los que les conté el argumento, me miraron durante largos segundos, instantes durante los cuales supuse que no me habían comprendido, pero luego Adrián dijo que mi historia era difícil de llevar al cine y el flaco, palmariamente perturbado, me abrazó e hipando se fue a su casa – hay que tener en cuenta que el flaco Berasain solía pronunciar tres o cuatro monosílabos por día y que su obstinato consistía en ser atropellado por automóviles; si mal no recuerdo, días después, quién sabe si rememorando mi argumento, fue pisado por un camión de la basura.

¿Cuál fue la motivación que me llevó a imaginar y a contar semejante argumento a mis amigos?

Complejo de inferioridad y consecuente timidez, combinados con un ego que no hallaba sustento en los objetos que el mundo ofrece. Mi familia era pobre. La mayoría de mis amigos no. Pero no contaré mis penurias, porque en esta fase, histórica e introspectiva, desconfío de mis justificaciones. Podría decir que al resultarme imposible la posesión de esos objetos del mundo que realzaban la personalidad (ropas de moda, motos, grabadores – recién salían aquí -, una gran casa, padres profesionales, etc.), yo me aboqué a la adquisición de bienes inmateriales, los del saber y los de la imaginación, creyendo que así daría lumbre a mi resumida forma de ser. Pero me niego a afirmar esta glosa proletaria e insisto en desconfiar.

Aquí es donde empieza la segunda fase, que es genealógica.

Mi abuela materna, para la misma época del recuerdo anterior, me contó que su padre, mi bisabuelo, había escrito un libro de poemas en la cárcel. La historia es así. Mi bisabuelo era radical. Radical del Peludo, no de Marcelo T., y, si mal no memoro el relato de mi abuela – que jamás corroboré -, su militancia lo llevó a estar muy cerca de Yrigoyen, tan cerca que después del golpe del treinta, terminó en una cárcel cordobesa, donde tuberculoso se dedicó a la poesía gauchesca. No sé con exactitud qué hacía mi bisabuelo junto al presidente de la nación. Mi abuela decía que era edecán, pero como ese puesto suele ser ocupado por militares y como mi bisabuelo no era militar, supongo que trabajaba en la Casa Rosada de mayordomo, intendente o algo por el estilo.

El caso es que después de relatarme esta historia, mi abuela me hace entrega del libro de mi bisabuelo. Un cuaderno como de actas, de tapas duras y unas cien hojas amarillentas, escrito con pluma, tinta roja para la pomposa primera letra del primer verso de cada poema y tinta negra para el resto; la letra pequeña, ladeada, escrupulosa, casi escolar; los poemas, anodinos, abarrotados de faltas de ortografía, magullados por la derrota política y por la soledad. Uno de ellos, Mi Pingo Pangaré, según mi abuela, se transformó en un éxito al ser interpretado por un músico sumamente popular de la época – dato que jamás me molesté en confirmar.

De la lectura de los poemas nada me quedó. Quiero decir que ningún verso ha perdurado en mi memoria. Lo que si aportó a mi mundo personal fue la configuración narrativa de la cuestión. El militante político derrotado que tuberculoso escribe poemas gauchescos en la prisión. Esto es, la poesía de mi bisabuelo me fascinó por ser consecuencia de una situación novelesca.

Pero tampoco puedo abandonarme a esta evidencia que se desprende de la segunda fase de mi reflexión genética. Sé que ese precedente no constituye la motivación primordial de mi querer hacer literatura: los poemas de mi bisabuelo eran francamente malos y nada aportaron desde lo estético a mi impulso creador. Sí reconozco el impacto en mi pensamiento, donde el destino y el azar dejaron de ser meras palabras, porque dos meses antes del relato de mi abuela, había escrito mi primer poema, pero motivado por cuestiones que no guardaban relación alguna con un mandato familiar.

La tercera fase de mis reflexiones, la fase fáctica, reúne a la revista Anteojito y a Jorge Luis Borges. A los trece años y dos meses de edad ya no leía la revista Anteojito pero en el fondo de un cajón olvidado conservaba tres o cuatro ejemplares vapuleados por el descuido. No recuerdo cómo, pero de seguro en algún momento de aburrimiento, di con ellos. Me gustaba sobremanera Pelopincho y Cachirula y algunas otras secciones de la revista, como las notas sobre sucesos históricos. Por eso hojeé con fruición esos números durante varias semanas, siempre en los momentos en que me sentía aburrido. Y de esta manera llegué a una frase de Borges que me revolucionó.

La revista Anteojito usaba su página final como suelen usarla casi todas las revistas, es escribir: para nada. Y como ocurre con casi todas las revistas, la última página de Anteojito traía adivinanzas, trabalenguas, efemérides, curiosidades y, entre otras ligerezas similares, frases célebres. Y la frase célebre del número que yo tenía en mis manos hastiadas ya de sobar durante semanas sus viejas hojas, era un verso, un aforismo o una frase de Borges cuyas palabras exactas ya no recuerdo, palabras que jamás pude ubicar por más que las busqué y rebusqué incansablemente en sus obras completas.

Las palabras que por primera vez me hicieron pensar en la muerte.

Ahora bien, no puedo evocar ni nunca pude hallar las palabras de Borges en su obra, pero sí recuerdo con precisión esos primeros versos que escribí bajo su influencia.

Algo que pasó

Que pasa y que mata

Que nos pasa

Que llama quema

Y nos lisia.

Llamémoslo el tiempo

Y cenicientos al soplo

Disipémonos.

No son, por cierto, memorables estos lacónicos versos pero para los trece años y dos meses que yo tenía no estaban nada mal. Aún hoy siento, cuando los releo, su dejo a epitafio. Tal vez ese regusto haya agriado el juicio de las dos compañeras del colegio secundario a las que les di para leer mi primera creación. Ambas eran militantes de Acción Católica. Y ambas, después de leer, dieron rodeos para no arriesgar un juicio de valor que menoscabara mi esfuerzo ni sus solemnes creencias religiosas – durante los recreos se quedaban rezando el rosario en el aula. Sin embargo, una de ellas soltó el rosario y un balbucido sentir. Es un poco oscuro, dijo. Luego miró hacia el piso y alabó el color de mis medias – amarillo patito; las tenía de todos los colores; era una de mis manías.

Insatisfecho filtré, entonces, el poema en el primer ejercicio más o menos creativo que propuso la profesora Arpirez de Literatura, obteniendo a cambio la calificación “¡Incoherente!” escrita en color verde y subrayada como de un navajazo.

Debo reconocer que la consigna del trabajo solicitaba otra cosa, pero me apesadumbró el hecho de que la profesora no apreciara mi creación. La idea de la muerte, que tan intensamente habían avivado las palabras de Borges, ahora se inclinaba sobre mis pensamientos como un objeto que nadie a mi alrededor, excepto yo, podía percibir. Y quizá así fuese. Ninguna de las personas que yo conocía en aquel entonces quería pensar en la muerte. La profesora de educación cívica, que era Lic. en Filosofía y Letras, después de leer mi poema opinó que yo debía escribir sobre las cosas lindas de la vida.

La Dictadura Militar había diseminado tufo de morgue en la atmósfera y muchos preferían olvidar el nombre del olor. Escrito sea de paso: Detrás del colegio había una comisaría; recuerdo haber visto cómo policías dispuestos en las medianeras y terrazas lindantes vigilaban nuestros recreos.

Así es el período de la inmadurez. Uno tiene razón pero está equivocado y está equivocado porque aún no ha aprendido las formas de la verdad, es escribir, que lo que importa de una verdad es su forma.

Qué tentador resulta entonces abandonarme al convencimiento de que la idea del tiempo como hacedor de la muerte en esa frase perdida de Borges fue la causa primera de la escritura de mi primer poema. Qué tentador y qué remanido. Qué fácil y qué inmaduro. Qué forma dudosamente viable para una verdad tan fundacional. Porque podría ahora conjeturar posibles y nimias causas inmediatamente anteriores a la lectura de la frase, como ser, por ejemplo, el aburrimiento que me llevó a hurgar en el olvidado cajón en el que agonizaban las Anteojito; o suponer tal vez que todo se debió a un rayo de sol que dio en mis ojos, de modo que al correr la cabeza para evitar la claridad excesiva, quedó en foco el cajón, visión que activó en mi memoria el campo semántico de la palabra “ojo”: ojazo, ojito, ojera, ojeriza, anteojera, anteojo, anteojito.

Podría, insisto, desarrollar estas conjeturas o quedarme con la metafísica, la de la muerte sentándome a escribir, pero no, no lo haré, porque una sospecha me desgasta del mismo modo que me desaniman las formas cuyas verdades desconozco.

Sospecho que la frase de Borges jamás existió.

Todos tenemos recuerdos de los que dudamos. A veces los creemos sueños, muy pocas, en cambio, solemos pensarlos como fantasías incrustadas en la memoria. Borges mismo, en algún reportaje, defiende el derecho que todo hombre tiene a crear su pasado. Pero yo, si bien me siento atraído por esa postura, no puedo otorgarme ningún permiso al respecto, porque si así lo hiciese desataría las irracionales fuerzas de la paranoia que aun estando ceñida desmenuza el curso de mis consideraciones. Es aquí donde las formas verdaderas de mi pasado se diluyen y donde corro el peligro de sentir y creer que mis recuerdos son fantasías con efecto de realidad. ¿Qué impediría que una vez descubierto el primer falso recuerdo, un inagotable efecto dominó develara la falsedad de todo aquello que denomino “mi pasado”? ¿Acaso puedo poner en duda un recuerdo sin poner en duda la facultad que selecciona, archiva y recupera los recuerdos? ¿Qué sería de un hombre si descubriese que sus recuerdos son ficciones?

Esta es la tonalidad del espíritu que eyecta la cuarta y última fase de mis meditaciones, que es una fase descarnada, masoquista si se me permite, puesto que busco, ya sin liviandades, el recuerdo del que no pueda dudar.

Es la hora de la espada, de la angustia y del plagio. Leopoldo Lugones hace su aparición en mi historia personal. La profesora de Literatura Arpirez nos hizo leer El Canto de la Angustia un año después de los acontecimientos en torno a mi primer poema.

El piano, el tintero, la borra de café en la taza y el traje negro del yo poético de Lugones me situaron en la proto-escena del amor y el amor, que aún no me había hecho actor, ya reclamaba mi puesta en escena. A los quince años y siete meses de edad, llegaba a mi vida una irresistible mujercita de catorce y semanas – escribo bien, llegaba porque no era yo quien la había encontrado; ella, como suelen hacerlo las mujeres, se encargó de hacerme saber el papel que debía interpretar.

Cabello lacio y áureo; el rostro oval, armonioso, de trazos delicados y piel levemente cobriza, como de águila guerrera; los ojos del color del cielo, del color de la patria mía, del sol nacidas sus pupilas; el cuerpo descarnado, ágil, cercano ya a las mejores flores de su esplendor. Hija de un abogado de buen pasar, ya en edad de ser abuelo más que padre, mi primer amor era una muñeca criada como una gema inmerecida. Todo en ella destilaba ese tipo de pureza que encarnan las estatuas. Su cuerpo no parecía segregar más que una suave emanación inhumana. En su boca siempre encontraba un meandro de frescura. Una frescura que me libraba de la insoportable situación de mi familia – derrumbe económico, decadencia de las relaciones, enfermedades mortales, etc. Pero como esa misma situación me hacía sentir indigno de ella, su frescura también me daba frío. No hallaba en mí nada que diese valor a mi existencia. Es escribir, tendía la alfombra del melodrama para amortiguar el golpe de la caída.

Ella, como la niña de mi primer argumento, era llevada adonde quisiera ir en un Toyota Célica azul vibrante; yo, en un taxi que manchaba con aceite quemado las baldosas del garage. Ella vestía a la moda, con lo último, y yo siempre era el último en estar a la moda. Ella era alumna del colegio privado más cool de Villa Ballester, mientras que yo cursaba mis estudios secundarios en el más prosaico y populoso de los colegios estatales de la zona. Y entre otras diferencias mucho más importantes – padre abogado/padre taxista -, a ella no le interesaba en lo más mínimo la poesía.

Pero sí la música, y en especial la música disco que se empezaba a bailar en las fiestas adolescentes. Y yo, que ya me hacía anteceder por una leve fama de poeta, era, junto a mi amigo Adrián, disk-jockey – quizá cuente alguna vez mis historias como disk-jockey, disk jockey durante la Dictadura, en medio de una guerra de pandillas juveniles.

Así fue que ella me conoció. No en una refriega callejera entre adolescentes violentos, sino en un cumpleaños de quince en el que pasamos música con Adrián, cumpleaños que terminó en una refriega entre los mozos y tres o cuatro jóvenes que expulsados decidieron convocar a sus amigos para sitiar y apedrear la distinguida casona donde se desarrollaba la fiesta.

Recuerdo haberla advertido sin siquiera soñar con tenerla entre mis brazos. Estaba entre seis o siete chicas, todas con sus saludables caritas aterradas, alejándose de un ventanal para prevenir los insistentes piedrazos. Pero no quiero contar la historia del asedio al cumpleaños ni tampoco la historia del primer flechazo entre ella y yo. Lo que quiero contar es la historia del plagio.

Cuando la tuve entre mis brazos ya no pude contenerme. Debía compensar las diferencias. Debía emplear ese embrionario impulso poético para acrecentar mi valor. Ahora sí me recuerdo ante la hoja en blanco, buscando las palabras que pudiesen sostener al amor por sobre las diferencias. Pero no era mucho lo que se me ocurría. Todos los versos que lograba tramar se deshacían como las piedras de tierra seca que arrojaban los energúmenos que sitiaron al cumpleaños de quince.

Aquí es donde tercia Lugones. No en ese estúpido asedio: El Canto de la Angustia, puf: ese poema me hechizó. La psicosis de Lugones iluminaba los susceptibles brotes de la mía. Si había una aterradora inminencia en la casa sola del poema, esa inminencia no me resultaba extraña. De niño había dado distintos nombres a ese peligro de las noches solitarias. Fantasmas y extraterrestres poblaban la oscuridad de mi dormitorio. Sabía de la nuca erizada por el miedo. Sabía del pavor a tal punto que durante varios años estuve convencido de que mi padre era un extraterrestre que se había apropiado de la apariencia de mi padre. Tampoco quiero contar esa historia, la de la noche en que mi padre, escondido en la oscuridad y alumbrándose el rostro desde abajo hacia arriba con una linterna, me dio el susto superlativo de creerlo un marciano – días después comencé a sospechar que él no era él y aún hoy, a veces, me pregunto si los extraterrestres fueron los que le destruyeron el cerebro, pero éste, el cerebro de mi padre, también merece otro relato.

Ninguna relación guarda esta parafernalia esquizofrénica con mi primer amor y con el poema de Lugones - creo que ya lo sé. Lo que sí quiero dejar en claro es que este sustrato dio apoyo a la loca idea de plagiar El Canto de la Angustia. Pero no era el único sustrato. Los policías vigilaban nuestros recreos – casi escribo recuerdos. Se sabe: el hijo de Lugones fue policía e introdujo la picana en esa repudiable institución. También se sabe: Lugones salpicaba con semen las cartas a su amada. Esta nota amarilla no es arbitraria. Eros y horror. Plagiar ese poema de presuntuoso terror romántico para mi primer amor ilumina plenamente las causas de semejante desición – la diferencia es que yo aún no me masturbaba, pero ésta es otra historia, que no sé si debo narrar, la historia de cómo me di cuenta que teniendo diecisiete años y semanas nunca me había masturbado.

Sabemos también: Lugones proclamó la hora de la espada y los militares voltearon a Yrigoyen en el treinta. Parece ser que Yrigoyen era un onanista compulsivo. De ello deduzco que no sería descabellado suponer que mi abuelo, radical consecuente, también se masturbaba en casa de gobierno.

Es escribir: Lugones fue una pieza importante de la maquinaria fascista que encarceló a mi bisabuelo, al mediocre poeta tuberculoso. Y Lugones fue quien con más convicción Homerizó, si se me permite el verbo, a José Hernández, llevando la figura del gaucho a la cúspide del Olimpo argentino, y haciendo del Martín Fierro el divino molde de un género, la poesía gauchesca, la poesía que mi bisabuelo diluía en un calabozo cordobés.

Claro está: Yo no establecí estas relaciones cuando la profesora Arpirez nos hizo estudiar de memoria El Canto de la Angustia. Pero creo que todo estaba dado como para que ese poema me hechizara.

Eros y horror. Pensaba en ella y la pavura pasaba por la casa su trapo siniestro. Pero no sólo eros y horror me empujaban al delito intelectual. También existieron motivaciones superficiales como para que yo plagiara esos versos. Porque el engreimiento aristócrata que se desprende del poema y de casi toda la obra de Lugones, despabiló en mí al patricio displicente que en soledad me hacía creer superior a los demás. Justo lo que necesitaba para equilibrar las diferencias entre mi amada y yo.

Pobre pero limpito, decía mi abuela, la hija del poeta prisionero. Pobre pero plagiario, ese fue mi lema – un Fouché a mínima escala: La decadencia era oro en mis manos – ya escribiré sobre Fouché, el hombre que venció a Robespierre y a Napoleón.

Eros y horror: Me hice entonces del poema y lo edité.

Estaba loco pero no era un tonto. No podía dejar el piano – el lector, si quiere, puede acceder al poema con solo cliquear el icono correspondiente. Yo no tenía piano. Qué habré puesto. Debo reconocer que no lo recuerdo. Tampoco sé qué puse en lugar del tintero y del traje negro. Seguramente dejé intacta la borra de café en la taza. De la estrofa tercera debo, supongo, haber eliminado estos oscuros versos: “(Los cabellos que resisten a la muerte/Con la vida de la seda, en tanto misterio)”, y estos otros, no menos tenebrosos: “Tu garganta/Donde veo/Palpitar como un sollozo de sangre, /La lenta vida en que te mece durmiendo”. Sí recuerdo haber trocado “vientecillo” por “brisa” y “tiritaba” por “temblaba” en la cuarta estrofa, cuyos tres últimos versos me parecían buenísimos. A la quinta estrofa creo haberla descartado por completo. No me gustaba el hinchado remate: “Un angustioso cielo ceniciento”, aunque me fascinaba el último adjetivo. A partir de la sexta estrofa ya no recuerdo ni intuyo qué pude haber hecho, puesto que el poema deja de rozar al amor para adentrarse en la inmanente locura de Lugones, el miedo-pánico a morirse. ¿Qué hice con semejante texto, que ahora sólo puedo concebir en la boca de Vincent Price?

No lo sé. Sólo sé que algo hice y que luego entregué ese mamarracho a mi primer amor. Y de sólo suponer que ella haya leído esos tremebundos versos de Lugones, creyéndolos míos, tiemblo.

Eros y Horror: Lugones se suicidó, creo que tomó veneno. A mi bisabuelo lo mató la tuberculosis infame en la celda. Lugones y mi bisabuelo han de ser entonces fantasmas antagónicos. Podrían haber protagonizado una patriótica y anacrónica remake de “Sexto sentido”. Viejos y abroquelados fantasmas que me frecuentan y a los cuales sólo yo puedo ver. Claro que esta pre-versión sería de índole erótico-política – no sé porqué pero la imagino filmada por Leonardo Fabio, con el clímax incrustado en la secuencia en la que Lugones y mi bisabuelo se masturban, uno entre candelabros, sobre el manuscrito de El Canto de la Angustia; el otro, en un rincón del sucio cubículo penal, al tiempo que escupe sangre sobre el manuscrito de Mi pingo pangaré.

Confesaré que junto al texto plagiado entregué dos o tres poemas de mi propia inspiración. Lo paradójico es que nada he retenido de ellos. Creo recordar que ninguno era muy extenso. Pero una bruma empecinada flota sobre esas palabras que, al igual que las de Borges, tal vez nunca existieron. En mi memoria sólo se conserva intacto el recuerdo del plagio con el que había intentado otorgarme valor.

La relación no duró más de un año, tal vez mucho menos. De a poco empecé a desparecer. No concurría a las citas. No iba a las fiestas. La remedada sombra de Lugones me seguía. Ese espíritu fatal apostaba en mi pecho pulsiones mucho más trágicas que las que habían animado la escritura del poema. Estaba malditamente hechizado. Décadas después, leyendo “Cuentos Fatales” vislumbré – escrito sea de paso: Esos cuentos de Lugones que, al menos para mí, son sorprendentemente buenos, prefiguran algunos temas y procedimientos de Borges -, vislumbré, insisto, cuán certera era la suposición de haber sido víctima de un sortilegio sellado por el controvertido poeta. Pero no abrevaré en esas aguas enredadas, como tampoco narraré el insípido final de mi primer amor. Sólo narraré que semanas después de la separación definitiva, Adrián, mi amigo y socio disk jockey, consiguió rodear con sus brazos a mi primer amor, y que semanas después de haberla rodeado con sus brazos me contó que ella le había mostrado mis textos.

Horror sin eros ya: Horror a que la melodramática tonalidad espiritual que me llevó a plagiar el texto, quedase al descubierto, desnuda, violada. Ningún horror me provocaba, en cambio, la posibilidad de que lo descubierto fuese el plagio. Tanto Adrián como su flamante primer amor no podían distinguir un poema de un horóscopo. Eran ese tipo de jóvenes que llegados a la madurez, me recordarían sin dejar de sentir cierta ironía, cierta extrañeza y cierto desprecio.

Horror justificado al fin de cuentas porque Adrián no se privó el goce de ridiculizar mis textos y mis cartas, empleando esa mundana practicidad que de un revés disipa la torpeza del mundo.

- El cuento del mogólico me gustó mucho más que esos poemas de viejo puto – opinó sin disimular una sonrisa.

Así concluyen, por lo general, estas meditaciones en torno a mis inicios en la literatura. Con la sonrisa irónica de uno de mis primeros lectores y con mi fracaso. A veces titila también otro episodio con la profesora Arpirez, del que sólo recuerdo un adjetivo, “carmesí”, subrayado con tinta roja, ladeado por impetuosos signos de pregunta, en medio de otro poema que forcé como ejercitación. Pero la intensidad de este reverbero lorquiano – de Lorca había sacado “carmesí” – apenas alcanza para cerrar un párrafo más.

Luego sobreviene el silencio y el silencio lentamente se puebla con los sonidos del jardín. Miro las palabras en la pantalla pero no las leo. Advierto que no he visto fotos de mi bisabuelo. Me llamaron Enrique en su memoria y yo ni siquiera sé cómo era su rostro. El súbito canto de unos benteveos me resitúa. La teoría del hechizo y la trama que urden Lugones y mi bisabuelo alrededor de mis primeros escritos, me desagravian. Luego desconfío de la palabra “hechizo”. Me viene entonces a la mente la imagen del down que me inspiró para armar mi primer argumento. De ese down y de su hermano menor, también down, me acuerdo: los dos parados en una esquina, mostrando con gusto sus enormes penes a todo el mundo. Me pregunto qué habrá sido de ellos. Un zorzal se posa en la reja de la ventana. La oración de Borges. Decía algo así como que el tiempo que pasa nos mata. Jamás la hallé. Creo que escribo para valuarme. Desde el plagio me pienso escritor. Años después del plagio y la ruptura, mi primer amor se recibió de arquitecta y fue madre – No fue Adrián quien la embarazó. Yo, apenas pasados los cuarenta, aún calculo la idea de tener un hijo.

Y recibirme… ¡Vaya si me he recibido! ¡Y cómo me he recibido! ¡Con los brazos abiertos! ¡Regresando siempre a mí después de probarme los más diversos disfraces sociales! – alguna vez escribiré acerca de todos los disfraces que usé.

Pían los gorriones y ríe desquiciado el hornero. Hace ya un rato que tengo la mirada perdida.


enrique soisa